Ximena Robles y el apellido equivocado en la lápida

Esta es una historia de ficción. Ximena Robles, de veintisiete años, llegó al panteón de Puebla al caer la tarde con un ramo de lirios blancos para visitar por primera vez la lápida nueva de su madre, Elena. Al tocar el granito descubrió que el apellido grabado no era Robles, el de su padre y el que su madre llevó durante treinta años de matrimonio, sino Villaseñor. Frente a ella, impecable y fría, la esperaba su abuela Regina Villaseñor, la matriarca que nunca perdonó que su hija se casara con un hombre humilde.

Regina no se molestó en negarlo. Dijo que el nombre Robles había sido un error y que ella había pagado esa piedra. Ximena le recordó que su padre cuidó a Elena hasta el último día, mientras la abuela ni siquiera se presentó en el hospital. La respuesta fue lapidaria, su padre la había hecho pobre y la lápida se quedaría así. Cuando Regina se marchó entre los cipreses, Ximena sacó de su bolso una pequeña caja de madera que su madre le había dejado. Dentro brillaba una vieja medalla de plata.

Esa misma noche, Ximena entró en el estudio de la mansión Villaseñor. La abuela, convencida de que su nieta venía por la herencia, la recibió con desprecio. Ximena dejó claro que no quería dinero, solo el nombre verdadero de su madre. Regina presumió que su apellido era lo único que Elena no había deshonrado, y entonces Ximena deslizó la medalla sobre el escritorio. Había pertenecido a Josefina Cruz, la madre de Regina, una mujer humilde a quien la matriarca había borrado de su vida al casarse con una fortuna. Elena la había buscado durante años y la había rescatado de la fosa común para darle una tumba con su nombre.

La mujer que se creía intocable se quebró en silencio. Apretó la medalla contra su pecho, lloró por la madre que había negado y prometió que al día siguiente la piedra diría Elena Robles. Al atardecer siguiente, abuela y nieta volvieron juntas al panteón. Regina dejó lirios frescos frente al nombre corregido y preguntó qué apellido llevaría Ximena. Ella respondió que llevaría los dos, como su madre. Después se alejaron despacio por el camino de grava, más unidas que nunca por una verdad que tardó demasiado en salir a la luz.

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